
El envejecimiento cerebral normal no implica necesariamente enfermedad ni pérdida de la autonomía.
Con la edad, es habitual que cambie la forma en que pensamos, recordamos y procesamos la información, pero estos cambios suelen ser leves, graduales y compatibles con una vida funcional.
Lo usual es que al envejecer haya una disminución de la velocidad de razonamiento, una cierta dificultad para ir de una actividad a otra, una recuperación algo más lenta de recuerdos recientes y, en ocasiones, más esfuerzo para planificar o resolver problemas complejos.
Sin embargo, el lenguaje ya establecido, el vocabulario y gran parte del conocimiento adquirido, las actividades ejecutivas, suelen mantenerse bien, e incluso pueden seguir mejorando con el tiempo y la experiencia.
Estos cambios en la función cerebral normales asociados a la edad, se explican por varios mecanismos que se combinan entre sí.
Con el paso de los años puede observarse una menor eficiencia de las conexiones neuronales, las que permiten que las células cerebrales se comuniquen entre sí.
Además, algunas regiones cerebrales, disminuyen su volumen.
Con la edad, se produce una reducción del flujo sanguíneo en múltiples estructuras de nuestro cuerpo y el cerebro no es la excepción.
Además se producen modificaciones en la forma en que se procesan los nutrientes, el metabolismo cambia, también a nivel cerebral. Lo que afecta la función de las células cerebrales.
Se producen respuestas inflamatorias que afectan al rendimiento de las redes neuronales. Las que comunican las neuronas entre sí.
Estos cambios, no necesariamente afectan la función cerebral.
El cerebro conserva una capacidad notable de adaptación.
Tiene una reserva funcional dada por la capacidad de las conexiones neuronales de mantener múltiples vías de comunicación, así si falla alguna vía; quedan muchas vías operativas. Es lo que conocemos como plasticidad neuronal.
Esa “reserva cognitiva”, ayuda a compensar parte de los cambios asociados a la edad y explica por qué muchas personas mayores mantienen un buen desempeño intelectual.
La clave está en diferenciar el envejecimiento normal del deterioro anormal. .
En el envejecimiento fisiológico puede haber más lentitud y necesidad de más tiempo para funcionar; pero no debería producirse una pérdida importante de independencia o autonomía, ni un descenso progresivo de la función cerebral que interfiera con la vida diaria.
Cuando aparece la desorientación, esto es no saber dónde estamos, ni quiénes somos o el momento del día que vivimos.
Si hay fallos de la memoria que afectan a la rutina, al funcionamiento del día a día.
O si se presentan cambios conductuales, esto es agresividad, apatía, depresión, ira, celotipias. Que limiten la vida diaria.
O en los casos que éstos cambios tienen una una evolución rápida.
En estos casos ya no hablamos de un cambio esperable y conviene estudiarlos.
La buena noticia es que la salud cerebral puede cuidarse durante toda la vida.
No existen secretos para una buena salud en general y cerebral en particular.
Las recomendaciones más útiles se centran en hábitos consistentes y realistas.
La actividad física regular es una de las intervenciones más efectivas: caminar, nadar, montar en bicicleta o cualquier ejercicio adaptado a nuestra condición física, mejora la salud cardiovascular y favorece el riego cerebral.
Cosas tan sencillas como apretar una pelota con las manos. Alternando las manos han demostrado que pueden mejorar la memoria, estimulando la corteza frontal.
También es fundamental controlar los factores de riesgo cardiovascular, como la hipertensión, la diabetes, la obesidad y el colesterol, porque el cerebro envejece peor cuando el sistema vascular está dañado.
A esto se suma la importancia de dormir bien, mantener una alimentación saludable —idealmente con patrón mediterráneo—, evitar el tabaco y limitar el alcohol.
La estimulación cognitiva también cuenta: leer, aprender cosas nuevas, tocar un instrumento, hacer crucigramas o practicar idiomas ayudan a sostener la reserva cognitiva. Aumentando la plasticidad cerebral.
Otro ejercicio sencillo que parece mejorar la memoria, es dedicar 2 minutos al día para contar hasta 100 y luego ir al revés, de 100 a uno. Al parecer mejora de alguna forma la memoria reciente.
Del mismo modo, una vida social activa protege frente al aislamiento y contribuye al bienestar emocional, que también influye sobre la cognición.
En resumen, envejecer con un cerebro sano no significa conservar intactas todas las funciones, sino mantener la mayor capacidad posible de pensar, recordar y adaptarse.
El objetivo no es evitar cualquier cambio, sino ralentizarlo y preservar la autonomía.
Para ello, la combinación más eficaz sigue siendo la misma: moverse, dormir, comer bien, controlar los factores de riesgo y mantener la mente y la vida social activas.
Nada que no dicte el sentido común.
La presente información no sustituye el buen consejo de un profesional sanitario de su confianza.









