Thor Halvorssen
Domingo, 25 de julio de 2010
Tras el asesinato de Julio César, estalló una lucha por el control de su legado. Octavio, sobrino nieto de César, manipuló su posición de heredero para arrebatar el poder a sus rivales. Convirtió a César en un dios, le construyó un templo, y utilizó sus restos para resaltar su relación. El simbolismo era crucial, y para disipar cualquier duda sobre su legitimidad, Octavio adicionó “Julio César” a su nombre.
Poco después de la medianoche del 15 de julio, el presidente venezolano Hugo Chávez retrocedió en el tiempo, y presidió la exhumación de los restos mortales de Simón Bolívar, el mayor héroe de la independencia de América Latina, y objeto de la obsesión personal y política de Chávez.
El esqueleto fue sacado por partes. Algunas piezas, tales como dientes y fragmentos de hueso, fueron separadas para que se les realizasen “pruebas”. Lo que quedó fue puesto en un nuevo ataúd con el escudo del gobierno de Chávez. Chávez, quien también enviaba mensajes a través de Twitter sobre el procedimiento, pronunció un discurso incoherente en el que le pedía a Cristo que repita el milagro de Lázaro y resucite a Bolívar.
Al parecer, Chávez también conversó con sus huesos: “Yo he tenido algunas dudas”, dijo Chávez. “Anoche, viendo los restos de Bolívar […] le pregunté ‘padre ¿eres tú o no eres; o quién eres?’ y me respondió ‘sí, soy yo, pero despierto cada 100 años cuando despierta el pueblo’,” relató Chávez a toda la nación, mientras decía estar parafraseando a Neruda.
Por decreto presidencial, todos los canales de televisión en Venezuela mostraban imágenes de Bolívar en pinturas históricas, luego imágenes de su esqueleto, y luego imágenes de Chávez, con el himno nacional a todo volumen en el fondo. El mensaje de esta parodia macabra es inconfundible: Chávez no es un seguidor de Bolívar, Chávez es Bolívar reencarnado. Y cualquiera que se oponga o lo critique es un traidor, no sólo de Chávez sino de la historia. (más…)







