El curso vectorial del tiempo, una línea que ocasionalmente es discontinua, permeable, para que en ella tengan espacio incertidumbre y misterio. La filosofía y la poesía van de la mano dándole sustento a ese vector de trazo infinito, una para generar preguntas desde la inconformidad y la necesidad de reflexión sobre el pasado, entender el ahora y proyectarse al futuro con coherencia, al menos creer que es así, y la otra ofreciendo respuestas y sosiego, uniendo símbolos para crear belleza, única alternativa para hablar todos un idioma común, porque la poesía es hermosa en cualquier lengua y la filosofía esencia. El yo cuestiona todo en la filosofía y el yo también acepta todo en la poesía. Con ellas salimos al encuentro, ahí, al espacio donde están expuestas tesis, antítesis y síntesis.
Conformamos ideas desde preconceptos, algo dinámico, porque el absoluto y lo relativo son de hecho fragmentos del todo, y formamos parte del todo de manera temporal, al menos físicamente. Con esas ideas enfrentamos el presente, con una carga de inferencias inconscientes que están en lo íntimo, en lo cultural y lo ambiental, desde ahí buscamos aproximaciones. Tenemos miedo, porque nos desconocemos como seres poderosos, poseemos más luz que oscuridad y eso nos asusta. Poco a poco se impone el orden, aunque se producen escisiones en nuestro vector común y se imponen nuevas corrientes de pensamiento, algunas más universales, integrales, holísticas, aunque la humanidad no lo perciba y a ratos denigre de su instante, todo fluye, todo está en movimiento, nada es permanente (Heráclito).
Nos movemos diariamente y sutilmente entre distintas corrientes de pensamiento, a saber: existencialismo, postmodernismo, absolutismo, nihilismo, pragmatismo, positivismo, humanismo, hermenéutica, mayéutica, etc, jugamos instintivamente con la lógica, la razón, la ética y la moral, jugamos acertada o accidentadamente al bien y el mal sin saber nada de Kant, Comte, Descartes o Epicuro, por citar nombres irrelevantes para unos o importantísimos para otros. Lo que se afirma es que todos somos un filósofo y un poeta innato, casi propio e individual que va explicando los acontecimientos y ubicándonos temporalmente.
Alguna vez escuché afirmar a un profesor universitario (Jubilado) que la filosofía había muerto, duro comentario para quien debía ser una ventana traspasable y transparente, facultades inherentes de quien se encarga del saber y el conocimiento. La filosofía no pierde su vigencia, no se trata de discutir sobre la dialéctica de Hegel o entender a Nietzsche con su frase “Dios ha muerto”, se trata simplemente de comprender el significante y el contexto de cada pensamiento, su razón, vigencia, circunstancias e impacto en su momento o el nuestro. Es fascinante descubrir cómo se mueven simultáneamente corrientes filosóficas y poesía con la misma fuerza, en atracción permanente y sin anteponerse.




