Dicen que un día dos economistas se encontraron en una mesa de votación:
«-¿Qué haces aqui? Pregunta uno.
-Mi esposa me hizo venir. ¿Y tu?
-Igual…
-Hagamos algo, tu no dirás que me has visto y yo no diré que te he visto…»
Según S. Levitt y S. Dubner. (Freakonomiks Ediciones Zeta ISBN978-84-96581-81-4)
La razón para no votar es económica, votar exige un coste de tiempo esfuerzo y productividad perdida, sin recompensa perceptible, citan estos autores a Patricia Funk (Otra economista) que establece que «un individuo racional debería abstenerse de votar» ya que la probabilidad de que el voto de un individuo aislado influya en el resultado de una elección es muy remota.
Aún más en países desarrollados, cuando las elecciones son reñidas, las decisiones finales las toman los jueces, como sucedió en las elecciones que finalmente ganó G. Bush en el 2000.
Al parecer el único incentivo que impulsa a un individuo promedio a votar es el de cumplir con un deber cívico, o que el resultado de las elecciones afecte de alguna manera su vida personal, como ocurre con los que militan instituciones políticas.
Esta motivación es mas fuerte en países del tercer mundo donde existe algún atisbo de esperanza democrática y donde los votantes sienten que podrían lograr un cambio asistiendo a las urnas.
Lamentablemente viendo los resultados, o lo que usualmente termina imponiéndose, pareciera que habría de darle la razón a estos economistas cuyo libro recomiendo a quien quiera enterarse de hechos políticamente incorrectos que afectan nuestras vidas a diario, y que ellos valientemente establecen con datos irrefutables.







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