Cuando se acaban los argumentos… ¿Qué queda?

violencia
En nuestra humilde opinión, el enfrentamiento violento constituye una herramienta primitiva para dirimir los conflictos de intereses, expresión muchas veces de una deficiencia para establecer un diálogo, lo anterior implica cierta incapacidad de adaptación social y sugiere un estado elemental de evolución intelectual.
Cuando ocurre en el plano de las relaciones individuales, generalmente es expresión de algún grado de trastorno de personalidad y afecta al grupo cercano de personas, por lo que el daño es limitado. Ahora bien a veces las personas con este tipo de trastornos, logran promoción social y política llegando a ocupar puestos de toma de decisiones, y por tanto, afectando a un universo cada vez mayor de individuos.
Cada uno de nosotros en sí mismo es un universo complejo y es imposible que transitemos por la vida sin causar conflictos a nuestro alrededor; Puesto que cada quien tiene sus intereses, y éstos con frecuencia se contraponen con los intereses de otros.
Ahora bien, las sociedades han evolucionado generando reglas de comportamiento que establecen los limites de los derechos individuales, marcadoras de progresión social y de bienestar para sus integrantes, en donde se convive con la “dictadura de las leyes”, por aquello de que el beneficio de sociedad está por encima de los beneficios individuales y todos esas justificaciones sociológicas.
A veces la confrontación violenta se justifica en relación al comportamiento violento de otros, esto es “si los otros son violentos o no tienen capacidad de raciocinio, entonces hay que enfrentarlos con iguales armas para someterlos y hacerles entender cuál es el comportamiento adecuado.”
En este momento ocurre algo así como lo que les ocurre a los adictos, que piensan que controlan su vicio, se puede correr el riesgo de pasar una barrera que termina convirtiéndonos a todos en lo mismo, y el justiciero termina pareciéndose al ajusticiado.
El quid de la cuestión está en que la definición de “comportamiento adecuado” es subjetiva, y el poder sin control, termina estableciendo él mismo lo que es “adecuado”.
Y si el dirigente lleva suficiente tiempo ejerciendo el poder, termina con excesiva frecuencia confundiendo el límite de lo personal con la institución que representa, fusionando su persona con el cargo y por ende sus intereses personales con los del colectivo.
Y como somos humanos, si no existen controles sociales adecuados, el líder se va rodeando de sólo aduladores que le distorsionan la realidad, ya que mientras más poder se detenta menos permeable se es a las críticas, se rechazan a los objetores y se promueven los que dicen lo que se quiere oír.
A su vez los aduladores compiten entre ellos con el incentivo de progreso social o de poder, lo cual distorsiona aún más la realidad que vive el líder, en un círculo vicioso de negaciones y justificaciones que cada vez lo aleja más de la realidad.
Lo anterior suele explicar la irracionalidad aparente en la toma de decisiones, que a los que se enfrentan a la cruda realidad día a día y mantienen algo de capacidad crítica, les parecen poco menos que descabelladas.
Entonces ¿que hacer cuando es un violento irracional el que se nos enfrenta?, una de las cosas que hay que plantearse es tratar de establecer hasta que punto somos responsables de la acción violenta del tercero. Si es debido a algo que hemos hecho, o a nuestra incapacidad para generar un diálogo con él, moralmente estamos obligados a poner correctivos, así el tono de reivindicación del violento no sea el adecuado.
Si éste no es el caso y la situación se torna violenta de manera gratuita debido a una deficiencia intelectual o psicológica del violento, moralmente no deberíamos agredirle, ya que es un trastornado, así que quedan dos opciones, o utilizar los mecanismos que la sociedad hubiere desarrollado para enfrentar estos casos (solicitar la ayuda de una autoridad competente) o retirarnos, pertrecharnos y esperar de un momento adecuado para actuar, utilizar la violencia sólo si nuestra integridad física se ve amenazada.
Y ya lo establece la filosofía oriental “…cuando se acaban los argumentos lógicos, sólo queda la violencia…” y concluimos: ” Es muy triste y constituye un fracaso de la racionalidad y de la inteligencia global, el hecho de que una sociedad degenere tanto, que la opción violenta sea la única, opción moral de subsistencia, que les quede a sus habitantes.”

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